- La inmigrante mexicana es un ejemplo para muchas mujeres del trabajo en un área dominada por los hombres.
Por Briana Méndez-Padilla
Desde sus días trabajando en una empresa manufacturera hasta su ascenso a superintendente de operaciones de campo en la Oficina de Alumbrado Público, Silvia Torres está acostumbrada a ser la primera, y a menudo la única, mujer en la sala.
Torres comenzó a trabajar para el departamento que diseña, construye y mantiene aproximadamente 223 000 farolas en toda la ciudad de Los Ángeles, en la década de los noventa como pasante, mientras estudiaba en el colegio comunitario local para convertirse en electricista.
Todavía recuerda la sorpresa evidente y la mirada de asombro de los peatones al ver a una mujer manejando los grandes camiones amarillos o perforando un agujero en el pavimento.
Ese asombro es parte de lo que le agrada de su trabajo, especialmente cuando habla con estudiantes y otras mujeres que tras verla se dan cuenta que ellas también pueden involucrarse en esa área.


A Torres nunca le intimidaron las exigencias físicas del trabajo; de hecho, las prefería. Manejaba martillos neumáticos, tendía cables e instalaba los enormes postes de luz.
“Lo que el trabajo requería, ella lo hacía”, dijo el Superintendente de Control y Mantenimiento de Alumbrado Público James Masud, quien trabajó con ella de manera intermitente a lo largo de los años.
Recordó una ocasión en el campo, cuando ambos eran electricistas auxiliares, en la que intentó ser un “caballero” y llevar el pesado taladro neumático por ella.
“No estaba tratando de insinuar que ella no pudiera hacerlo ni nada por el estilo”, dijo Masud. “Pero como nos llevábamos bien, estaba cuidándola. Pero ella me dijo: ‘No, este es mi puesto, y esto es lo que voy a hacer y puedo hacerlo, déjame en paz’”.
Esa autosuficiencia es una parte fundamental de la forma de trabajar de Torres, sobre todo en un sector predominantemente masculino. Torres cuenta que, aunque tuvo que lidiar con su buena dosis de personas negativas y machistas, su experiencia fue en su mayor parte positiva. De todos modos, ser parte de una minoría significaba que una cosa estaba clara: tenía que demostrar su valor.
“Es como en todo, tienes que demostrar que no eres solo una figura simbólica; yo quería demostrar que podía seguir adelante y hacer el trabajo”, dijo Torres. “Lo único que quiero es la oportunidad, eso es todo lo que quiero, del resto me encargo yo”.
Si bien ese sentimiento se basaba en el deseo de demostrar su capacidad, ser una buena trabajadora y la dedicación a su labor también es una parte crucial de su ética laboral, algo que cualquiera que haya trabajado con ella aplaude. Masud dijo que, cuando era supervisor, Torres era una de sus trabajadoras favoritas.


“Siempre se comunicaba conmigo. Simplemente se ocupaba de sus asuntos. Nunca tuve que disciplinarla ni salir a revisar su trabajo. Era así de buena”, dijo Masud. “Era muy responsable, considerada, y por mucho que los veteranos hablaran mal de ella, nunca dejó que eso le molestara. Simplemente se lo tomaba con calma”.
Torres atribuye su ética de trabajo a su crianza.
“Esa es una de las cosas que mi padre siempre me decía: ‘No te voy a dejar dinero, pero te voy a dejar ciertas cosas que quiero que te sirvan de guía’. Y una de ellas era la ética de trabajo”.
Aunque su padre era un hombre mexicano tradicional y manejaba un hogar estricto, no tenía los ideales machistas y anticuados sobre los roles de género que otros podrían haber tenido en esa época, noto Torres.
Por ejemplo, a Torres nunca le gustaron las tareas más tradicionalmente femeninas, como cocinar, pero su padre nunca se opuso a eso. El enfatizaba que todos tenían que contribuir de alguna manera en la casa, así que, si ella no cocinaba, entonces tenía que lavar los platos.
Así fue también como Torres terminó descubriendo que prefería el trabajo manual. Su papá la hacía ayudarle a cortar los arbustos y también le enseñó a cambiar una llanta. Incluso le enseño a manejar con cambio manual, conocimiento que le ayudó cuando llegó el momento de conducir las camionetas de la oficina de alumbrado público.
Ha llevado consigo las enseñanzas de su padre y se ha sentido orgullosa no solo de ser mujer en estos espacios, sino también de ser una mujer latina. Nacida en Yucatán, México, afirma que su cultura ha sido una fuente de impulso.
“Es una fuerza que me guía para mejorar las cosas y luego mostrar lo que nosotras como mujeres, como latinos, aportamos y lo que somos capaces de hacer”.
Trayectoria y liderazgo
Con más de treinta años en la oficina, Torres ha desempeñado prácticamente todos los puestos en operaciones de campo, desde ayudante de electricista principiante hasta asistente de electricista y finalmente electricista. Llevaba varios años trabajando como electricista cuando surgió la oportunidad de presentarse a las pruebas para supervisor.
Al inicio no estaba muy segura de postularse para lo que sería un trabajo de oficina, ya que realmente disfrutaba de estar siempre en movimiento.

“Estaba muy acostumbrada a estar en el campo, ya sabes, y simplemente llevar a mi equipo y mis camiones al aire libre, y trabajar activamente”, comentó. “Entonces pensé: ‘Silvia, no siempre vas a poder hacer tanto trabajo físico como ahora'”.
Después de convertirse en supervisora, Torres siguió ascendiendo en la jerarquía directiva, pasando con éxito a superintendente I, que es un puesto de subgerente de división, y durante los últimos tres años ha sido superintendente II, gerente de división.
“Creo que a lo que más aspiraba era convertirme en electricista, y tal vez en supervisora al final de mi trayectoria profesional, ¿sabes? No pensé que llegaría a donde estoy ahora”, reflexionó.
Sin embargo, para quienes han trabajado con Torres, ese ascenso tiene sentido. Manuel Reyes Hago conoció a Torres durante sus primeros meses en la oficina y, desde entonces, se han hecho amigos; él la considera su “mamá del trabajo”. Dijo que ella ha sido una de las mejores líderes con las que ha trabajado porque siempre se tomaba el tiempo para explicar a fondo lo que estaba enseñando.
“Ella era de las que te enseñaban y, además, se ensuciaba contigo. Estaba en la zanja conmigo, usaba el taladro neumático conmigo igual que todos los demás. No había tarea que estuviera por debajo de ella”, dijo.
Reyes Hago, quien ahora es superintendente de construcción y mantenimiento de alumbrado público, agregó que, a pesar de su baja estatura, su persona es grande.
“Ella intimida a mucha gente, especialmente en nuestro campo”, dijo. “Al principio es dura, pero una vez que demuestras tu capacidad y le muestras que puedes seguir el ritmo y que estás ahí para trabajar, ves su otro lado”.
Tras haber trabajado con ella durante la mayor parte de su carrera, Reyes Hago dijo que Torres estableció un buen estándar y una base sólida para él.
“Es como ese cliché de que si te lo propones, puedes lograrlo. Ella es la prueba viviente de eso. Así que le doy mucho crédito por estar donde está ahora”, dijo Reyes Hago.
Este trabajo ha sido especialmente significativo para Torres porque le permite servir a la ciudad en la que creció. Tras emigrar de Mérida, Yucatán, México, en 1970 a los 8 años, Torres pasó el resto de su infancia en Echo Park.
Su trabajo la ha llevado a trabajar en todos los rincones de la ciudad y a restaurar muchos de los lugares emblemáticos de su infancia.
Recuerda un túnel por el que pasaba al regresar de la escuela y cómo veía los grandes camiones amarillos y pensaba: “Cuando sea grande, quiero manejar uno de esos”, sin darle mucha importancia.
“¿Quién iba a saber que más adelante, al crecer y hacerme mayor, yo sería una de las personas que repararían esas luces en ese túnel y manejaría esos grandes camiones?”, dijo con una sonrisa.
Briana Méndez-Padilla es becaria de California Local News reportando para Impulso.

